jueves 26 de enero de 2012

domingo 4 de diciembre de 2011

No he dicho que vaya a volver...

...pero mientras tanto, me voy unos días a Madrid (hasta el sábado). Puedes buscarme, no tengo por qué esconderme...

sábado 8 de octubre de 2011

Documento 4

Escribo esto para decir a quienes leen este blog que no volveré a escribir en él. Supongo que habrá personas a las que siente mal que esto tenga que ocurrir. Pero prefiero dejarlo ahora a tener que escribir sólo de vez en cuando y porque estoy, supuestamente, inspirado.

Yo ya no tengo por qué esconderme, ya no tengo por qué usar este blog por el motivo por el que lo creé. Entonces pensaba que escribiendo relatos eróticos, liberaba una parte cohibida de mí mismo. Que alentaba mi autoestima a base de saberme leído y seguido y que eso me hacía sentir mejor.

Pero estaba equivocado. Estaba terriblemente equivocado. No hay nada en este blog que sea cierto. Nada de nada. Nada porque lo que hay es sólo producto de mi imaginación. Nada porque yo no necesito escribir para sentirme mejor. No hay nada porque yo jamás he sabido tratar a una mujer como a veces las he tratado aquí: ni hablándole de princesa, ni llamándola puta.

Lo que tenía que pasar ya ha pasado. Lo que tenía que pasar era que yo entendiera que valgo mucho más que un simple blog de relatos eróticos. Que me importa una verdadera mierda el que a la gente le guste o no le guste lo que escribo y cómo lo escribo. Que confieso que hay una cantidad de blogs que son una verdadera mierda (si os seguía no es el caso) porque sólo reflejan el afán por ocultar la patética insatisfacción de quienes intentan escribir en ellos.

Para mí, la verdadera satisfacción en esta vida no es escribir para que me lean, sino salir a dar la cara para que me oigan. Porque un comentario, diez, o cuarenta, no son nada cuando cien personas te miran y te escuchan solamente a ti hablando de algo que puede hacer mejor su vida que un relato excitante. Por eso sí me gusta valorarme. Y lo mejor de todas esas palabras es que valen para el instante en que se pronuncian y nada más. Que no quedan registradas en ningún lugar y eso me llena mucho más que todas estas historias.

No quiero volver a escribir una palabra más en el Amalador De Noemas, ni firmar más textos con ese complicado nombre. Porque yo no soy eso ni necesito serlo.

No escribo esto por apatía o desgana; ni siquiera por rebeldía u arrebato transitorio contra el mundo. No. Acabo de matar al ADN porque ya no me hace falta. Y como esto es más un funeral que una despedida, dejaré todos los textos y este blog colgando en la red hasta que alguien decida cargárselo. Así, a modo de epitafio.

No os compadezcáis. No mandéis mensajes de despedida porque quien me conoce, sabrá que no me hace falta. No volveré. Por nada, ni por nadie. Podéis buscarme si me conocéis, u os atrevéis, o sabéis hacerlo, porque seré simplemente yo: El tipo que escribió todas estas entradas para sí mismo. Sólo para sí mismo.



viernes 12 de agosto de 2011

Retorno

Cuando al primer cabezazo, despertó de aquel anteproyecto de sueño, contempló un sencillo paisaje de nubes y cielos estratosféricos impolutos. Estaba ya a siete mil metros, dejando atrás Praga con destino a Holanda – sólo, desafortunadamente, para una breve escala – en su camino de retorno. Se preguntaba si aquel viaje había valido la pena; si él era un hombre de su tiempo o si aquella expresión trivial había perdido consigo todo el significado clásico. Él no era de su tiempo si el ser de su tiempo significaba llevar una vida aún más disoluta sólo con la excusa de la distancia. No estaba huyendo de nadie ni de nada.

Su vida no era el paradigma de infierno existencial que las paredes del museo de Kafka se empeñan en recordar a sus visitantes. No. La vida no está hecha para sufrir, pero tampoco para disfrutar en sintonía con las costumbres. Por lo tanto, él no era hombre de su tiempo. Recordaba que se había visto alterado – hasta incluso brevemente excitado – a las puertas del museo Kepler. Ni siquiera había entrado en él. Y, desde luego, la ciencia no era su fuerte. Pero en toda la impregnación medieval de Praga había un rastro, un hedor que él identificaba. Estaba mutando hacia lo que quería ser, lo que soñaba ser: Un hombre empírico, con afán por tratar casi con el mismo rigor al amor y al trabajo. Veía en las bellezas andantes de la ciudad un aluvión de musas clásicas más que un ejemplo de modernidad de la Europa del Este.

En ese momento deseó no regresar, convertirse en una estatua más de los centenares que cuelgan por toda la capital checa. Las risas de los propios hombres del lugar, grises como los edificios de racionalismo comunista, amarillentos como si estuvieran dominados por el moho de sus propias frustaciones, le hubiesen bastado, de vez en cuando, para estar bien en ese lugar.

Pero ese sueño consciente, esa visión, se vino abajo con sólo escuchar las dos primeras frases de una canción que empezó a sonar en su reproductor. Aquella vida que pretendía a medio camino de la conciencia y el sueño era perfecta y, pese a todo, aún le faltaba algo para alcanzar la completa integridad de sí mismo con el resto del mundo: la parte de vida que aún no vivía en él.