Llegué a su casa temprano, sobre las siete y media. Necesitaba tiempo para prepararle la cena. Se lo había prometido. Yo puedo cambiar de postura sin pensarlo mientras estoy follando. Pero en la vida fuera del sexo, procuro dar cumplido a mi palabra. No es una cuestión de honor, ni creo que sea caballerosidad. Sin embargo, muchas mujeres interpretarían que se presta a ello el que su amante cocine para ellas. Yo no quería velas. Habría el justo romanticismo y la desmedida depravación. ¿Para qué entonces envolverlo todo con una atmósfera vaporosa y almibarada? No sería yo quien pusiera un cd con sonatas de violín para darle más tono al cuento y restárselo al hecho.
Por eso cuando entré en su casa, lo primero que hice fue enseñarle la polla, para decirle que había venido con todo. Ella rió, me dio un par de besos y acarició mi miembro silenciosamente. Luego me llevó hasta la cocina. Estaba bien organizada. Había suficiente espacio en la repisa para cortar los ingredientes, sentarla a ella para admirarla, y dejar descansar las copas de vino que nos abrirían todos los apetitos necesarios.
Monté un hojaldre para rellenarlo de verduras. Tenía una cebolla en el fuego caramelizándose. El simple olor de la mantequilla derretida bajo la tapa ya me excitaba. Ella vestía una minifalda y una camiseta. No llevaba medias, ni zapatos. Total, estaba en su casa. Cada vez que llevaba un ingrediente cortado a la sartén, nos besábamos. Una de las veces, incluso busqué sus pezones en la camiseta. De no ser por tener el fuego en marcha, me hubiese quedado comiéndole el coño ahí mismo. Pero teníamos que cenar, para eso me había invitado, además del sexo.
La kitsch estaba ya montada, así que me faltaba hornearla. Un sobrante de sofrito que quedó, pasó de mi dedo índice a su boca, que lo devoro con suavidad, como una mamada pero de corte gastronómico. Estuve vacilando acerca del salmón que había traído. Podía hacerlo a la plancha, con eneldo. Se quedó en la nevera mientras íbamos a la mesa. Quizás después no tendríamos más hambre que de nosotros mismos. Le saqué una foto a la kitsch para recordarme lo ocurrido antes del arrebato.
Por eso cuando entré en su casa, lo primero que hice fue enseñarle la polla, para decirle que había venido con todo. Ella rió, me dio un par de besos y acarició mi miembro silenciosamente. Luego me llevó hasta la cocina. Estaba bien organizada. Había suficiente espacio en la repisa para cortar los ingredientes, sentarla a ella para admirarla, y dejar descansar las copas de vino que nos abrirían todos los apetitos necesarios.
Monté un hojaldre para rellenarlo de verduras. Tenía una cebolla en el fuego caramelizándose. El simple olor de la mantequilla derretida bajo la tapa ya me excitaba. Ella vestía una minifalda y una camiseta. No llevaba medias, ni zapatos. Total, estaba en su casa. Cada vez que llevaba un ingrediente cortado a la sartén, nos besábamos. Una de las veces, incluso busqué sus pezones en la camiseta. De no ser por tener el fuego en marcha, me hubiese quedado comiéndole el coño ahí mismo. Pero teníamos que cenar, para eso me había invitado, además del sexo.
La kitsch estaba ya montada, así que me faltaba hornearla. Un sobrante de sofrito que quedó, pasó de mi dedo índice a su boca, que lo devoro con suavidad, como una mamada pero de corte gastronómico. Estuve vacilando acerca del salmón que había traído. Podía hacerlo a la plancha, con eneldo. Se quedó en la nevera mientras íbamos a la mesa. Quizás después no tendríamos más hambre que de nosotros mismos. Le saqué una foto a la kitsch para recordarme lo ocurrido antes del arrebato.
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