lunes 11 de enero de 2010

Cocinar, comer y postre con pajita (1)

Llegué a su casa temprano, sobre las siete y media. Necesitaba tiempo para prepararle la cena. Se lo había prometido. Yo puedo cambiar de postura sin pensarlo mientras estoy follando. Pero en la vida fuera del sexo, procuro dar cumplido a mi palabra. No es una cuestión de honor, ni creo que sea caballerosidad. Sin embargo, muchas mujeres interpretarían que se presta a ello el que su amante cocine para ellas. Yo no quería velas. Habría el justo romanticismo y la desmedida depravación. ¿Para qué entonces envolverlo todo con una atmósfera vaporosa y almibarada? No sería yo quien pusiera un cd con sonatas de violín para darle más tono al cuento y restárselo al hecho.

Por eso cuando entré en su casa, lo primero que hice fue enseñarle la polla, para decirle que había venido con todo. Ella rió, me dio un par de besos y acarició mi miembro silenciosamente. Luego me llevó hasta la cocina. Estaba bien organizada. Había suficiente espacio en la repisa para cortar los ingredientes, sentarla a ella para admirarla, y dejar descansar las copas de vino que nos abrirían todos los apetitos necesarios.

Monté un hojaldre para rellenarlo de verduras. Tenía una cebolla en el fuego caramelizándose. El simple olor de la mantequilla derretida bajo la tapa ya me excitaba. Ella vestía una minifalda y una camiseta. No llevaba medias, ni zapatos. Total, estaba en su casa. Cada vez que llevaba un ingrediente cortado a la sartén, nos besábamos. Una de las veces, incluso busqué sus pezones en la camiseta. De no ser por tener el fuego en marcha, me hubiese quedado comiéndole el coño ahí mismo. Pero teníamos que cenar, para eso me había invitado, además del sexo.

La kitsch estaba ya montada, así que me faltaba hornearla. Un sobrante de sofrito que quedó, pasó de mi dedo índice a su boca, que lo devoro con suavidad, como una mamada pero de corte gastronómico. Estuve vacilando acerca del salmón que había traído. Podía hacerlo a la plancha, con eneldo. Se quedó en la nevera mientras íbamos a la mesa. Quizás después no tendríamos más hambre que de nosotros mismos. Le saqué una foto a la kitsch para recordarme lo ocurrido antes del arrebato.

jueves 17 de diciembre de 2009

CAPTURA

Mira mi cara, según ella, porque está demasiado entretenida para hacerlo cuando la como. Mira mi cara porque dice que en este momento, mientras la penetro, sabe que yo también estoy disfrutando. No sabe del placer que experimento al comerla. Pero se puede hacer una idea. No ha querido empezar si no le dejaba chupármela un poco.

Se ha entregado, se ha esforzado. Ha transmitido la tensión de su boca y de sus labios hasta que la tenía como dijo que la quería. “Hasta que me asfixie con su grosor”. Esas fueron sus palabras.

Percibo mi pelo sudado agolpándose en mi frente. Gime. Yo no quiero acabar en un buen rato. No quiero correrme. No se me ocurre correrme. La convulsión y sus sensaciones no se viven a todas horas cuando me falta alguien como ella. Ojalá pudiera capturar en alguna especie de frasco de formol semejantes fuerzas. Como las gravedades orbitales de un planeta y un satélite parejos a millones de años luz.



Tal es la atracción. Ya no recuerdo porque quise follar con ella. Ya no siento placeres terrenales. Todo escapa en el abrazo de sus piernas, en la agitación de sus nalgas junto a mi pelvis. Siento verdaderas llamaradas en la palma de sus manos y afilados diamantes en la punta de sus uñas, cuando recorre mi espalda en busca de la atadura.

No hay forma de estar más cerca. El cubrecolchón empieza a separarse por uno de los extremos inferiores. “¡Dios!” dice. Es incluso entonces, en ese instinto animal cuando olvidamos nuestro pragmatismo, nuestra necesidad empírica de vivir. Cuando lo racional es la vida que teníamos antes de compartir esa cama y que, inevitablemente, tendremos en algún momento, después de salir de ahí.



Somos un fotograma pornográfico. Un negativo animado. Un cliché que derrite sus aluros de plata hirviendo a borbotones. Que caen en los bordes del encuadre como en un juego de aguas, para no escapar y volver.

lunes 14 de diciembre de 2009

A tu servicio

Dales tiempo libre a tus relojes. Apaga tus luces para mi oscuro deseo. Prende candiles de lujuria para iluminar más allá de lo que la razón comprende. Elige la música que mejor te acomode. Ponte, tú misma, cómoda. Guárdate de prisas. La noche y tu sexo son míos. La noche con su día, tu sexo sin más. Es ahí donde yo apagaré el hambre de tu deseo, calmando la sed del mío. Vive para recordarme en tus memorias.

Porque, donde no halles palabras de mi lengua, encontrarás el verdadero idioma en que se expresa. No pido más, no espero más.

Sólo pídeme que empiece...

miércoles 25 de noviembre de 2009

Una semana antes, un minuto después

Llevaba una semana sin follar. Sin masturbarme. Una semana entera sin correrme. Me contuve por algún motivo. Pero estaba lejos, quizás a una semana ya de averiguarlo. Supuse que en el momento oportuno, el deseo se multiplicaría ante semejante continencia. Quizás me dejé llevar por demasiadas teorías de revista femenina (e incluso, masculina). Pero borré todas las paranoias sobre teorías sexuales de mi cabeza. Como he dicho, llevaba una semana sin correrme.

Tenía que encontrar a una mujer dispuesta a hacer de mi próxima eyaculación un espectáculo para ambos. Algo perverso, sucio, alejado del romanticismo de hacer sentir en el interior de una mujer el orgasmo de uno. Más aún si tenía que usar un preservativo. Aquello me sonaba a echar barniz sobre un fresco. ¿Cómo podría sentir una pared el influjo de la pintura, si se aislara del aire exterior por tan simple pretexto?

No. Ese próximo orgasmo pedía ser libre. Yo lo notaba. Una voz interior me lo decía. Parecía un coro de hormonas masculinas al unísono. Todas las glándulas llevaban un mensaje en su reserva. Vivimos sin olvidar que la próxima corrida debe ser libre, sin ataduras, sin barreras, sin límites. Todo me hablaba.

Las claras de los huevos, al estallar en el aceite, los gritos de sorpresa en los andenes del metro. Los propios vagones del metro, sin puertas. Todo eran señales de espacio, de voluntad de libertad. Ese simbolismo estaba empezando a afectarme. Si salía de fiesta por el Born, por Gracia, por Diagonal, ¿saltaría de repente una desconocida de esas que te piden fuego de madrugada con un “yo sí la quiero toda, libre”?

Ella no lo dudó. Ya sabía lo que era. Pero no sabía que esta vez había aguantado de forma involuntaria y desconocida un orgasmo. No titubeó.

- Quiero sentirla toda, caliente, alocada y abundante. Quiero toda tu leche sobre mí

No sabía si confesárselo. Una semana. Desde un jueves por la noche hasta la noche del siguiente viernes. Era más de una semana, en realidad. Ya le había provocado dos orgasmos con la lengua (mi plato favorito). Su cuerpo, su sexo rasurado, sus pechos pequeños y redondos, preciosos. Ahí estaba, a toda luz, toda ella sobre mi cama. El esmalte de uñas en sus manos y sus pies y la sombra de ojos eran las únicas prendas.

Temía quedarme igual, sí, lo temía. Tener un orgasmo intenso, una corrida abundante, pero nada más. Nada espectacular.

Después de las fricciones, la saliva, los besos, el sudor mezclado, las carnes arañadas por las carnes, los músculos con signos de leves y cambiantes esfuerzos… Después de todo aquello cuando, por fin, me sobrevino, llegó el silencio y abrí los ojos.



Me miraba con ojos risueños, pícaros. Había semen en toda ella. trazos que se iluminaban con la luz de las bombillas. Y todavía, un minuto después, todo mi cuerpo seguía presa de un enorme escalofrío…

miércoles 18 de noviembre de 2009

Tu nombre, color

Volví a repasar por enésima vez los elementos. Unos zapatos negros de ante, de Prada, con una discreta flor de encaje en el empeine y un tacón ni mucho ni poco pronunciado. Las medias, oscuras, salidas de un anuncio y una tienda de Lise Charmel. La falda, ajustada y con volantes, cubría dos terceras partes de sus muslos. En el cuestionario de marcas había subrayado para aquélla el nombre de Chanel.

Todo lo demás era una chaqueta de pata de gallo, creo que del mismo origen que la falda. Con botones cruzados y solapas finas, separadas lo suficiente para dejar entrever el canalillo y el lustroso reflejo de la piel de su busto. Discretos, como lunas en su puesta, sus pechos prometían ser considerables y apetecibles a la vista de los hombres que añoran el seno materno.

En su cuello había instalado un rastro de Escada sobre un delicioso pañuelo de seda negro anudado a modo de gargantilla. Apenas sí mostraba más joyas que unos discretos pendientes de plata y ónix en sus perforados lóbulos. Todo lo que los bucles de sus ondulados y negros cabellos permitían. Sus dedos estaban desnudos, no así sus uñas. Igual que el esmalte, era intensa en su barra de labios. Y éstos prometían sacarte el alma en un apasionado exorcismo de besos. La base del maquillaje había acompañado, en tonos claros, esa más que frecuente concentración ocular en su boca. La miel, en el color de sus ojos, parecía promocionarse bajo el marco del lápiz y el trazo del rimel.



La cena había sido liviana y el vino se había equilibrado para no afectar en exceso al pensamiento y apenas torcer el curso de las palabras. Separó su silla de la mesa y se levantó. Se sentó en uno de los sillones del salón, el que quedaba más cerca. Enfocó todas sus formas hacia mí. Entonces retiró su falda de un modo delicado, sin dejar de mirarme, sin ponerle prisas al deseo.

Había algo distinto en todo aquello. Su tanga era de satén, como la falda. Pero había algo en él distinto a todo el conjunto, distinto a toda ella, distinto a todo lo demás. Le pregunté por el color del tanga y respondió.

- No olvidarás tan fácilmente el nombre que guarda aquello por lo que, seguro, yo sí te recordaré. Me llamo Violeta.

lunes 16 de noviembre de 2009

Frank Slade, Amalador y Las Mujeres

Uno no necesita andarse mucho por las ramas cuando tiene que explicar para qué ha venido al mundo, por encima de todo. A veces la expresión más vana se convierte en la noción más perfecta.

P.S. Dedicado a cada una en particular

P.S. (2) Sí. Si no se para la música, no se oye bien

viernes 13 de noviembre de 2009

Un lapsus de romanticismo

La puta maquillada es una diosa,
vestida de mujer sin corazón.
El buen camello vende la ilusión
del ciego, de la forma más golosa.

Pervive el vagabundo en la gloriosa
y extraña calidez de su cajón.
Y apura las botellas, con pasión,
el sabio más borracho, de voz sosa.

El lumpen me acompaña en este amor,
cargado de muy buen y bajo fondo,
que abriga mis esquinas con furor.

No escapo de quererte, ni me escondo,
por más que mi comparsa lleve hedor,
de lágrima y derrota en lo más hondo.